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La labor de informar en un mundo complejo

Hablar de periodista  es hablar de un actor social, dedicado a difundir “información” y a colaborar a “formar opinión”, en la comunidad en la que actual.

Para ello, se vale de una estructura tecnológica muy desarrollada que le es provista por terceros, y que le aporta los soportes materiales que le permiten alcanzar a sectores sociales más o menos amplios, según los casos.

Lejos estamos hoy de la época de los buhoneros y juglares medioevales que vagaban de pueblo en pueblo, integrando las informaciones que recogían y repetían, a sus ventas ambulantes o a sus pequeños espectáculos artísticos.

O la de los cronistas coloniales que informaban directamente al rey.

O la de los periodistas del siglo XVIII y XIX que recolectaban la información, la elaboraban, la imprimían y la distribuían en forma personal.

Hoy, la profesión periodística ha dejado de ser una actividad individual, para transformarse en una actividad grupal y compleja, constituida en un factor estratégico vital de los programas de ejercicio de poder.

Y eso genera una tensión inédita entre la actividad individual y su expresión social.

Reconozcamos que las noticias nunca pueden ser objetivas, porque las miradas culturales e ideológicas son consustanciales a su construcción.

Sin embargo, ese sesgo inevitable en “la construcción” de la noticia, empalice frente a la manipulación de la que, con frecuencia, es objeto.

Hoy, los medios de comunicación conforman inmensas estructuras económicas, íntimamente vinculadas a sectores de poder, que los manipulan en función de sus propios objetivos.

En cuanto la noticia es una “construcción” de la realidad, basta con enunciarla resaltando más algunos aspectos que otros, para que la misma información cambie sustancialmente de perfil, provocando en los destinatarios reacciones absolutamente dispares.

Y eso sin contar con las presiones económicas que se ejercen por medio del aporte o quita de publicidad paga, el despido liso y llano de los disidentes, o, en casos extremos pero frecuentes, su encarcelamiento y hasta su eliminación física.

Sin embargo, lo más riesgoso no es la presión directa que puede realizarse sobre las personas o sobre los medios, porque esa es una actividad potencialmente visible.

Lo verdaderamente peligroso es la subrepticia labor de selección de las líneas y de las personas a las que se van a abrir los canales que les permitan su expresión, en función de los intereses de los grupos económicos propietarios de los medios.

Hoy, para muchos, la noticia es una mera mercancía, al punto que algunos grupos editoriales poseen publicaciones segmentadas por el perfil ideológico de sus lectores, determinado que la misma persona jurídica, diga dos cosas diferentes en distintos medios de comunicación de los que es propietaria, para satisfacer a públicos distintos.

Desde esa concepción, la información carece de valor por sí misma, y sólo es considerada en función del objetivo al que sirve, sea comercial o político.

Esto es muy difícil de modificar desde el llano, para nosotros, ciudadanos de a pié, si bien los mismos desarrollos técnicos, nos abren inéditos canales de expresión, a través de las Tecnologías de la Información y de la Comunicación.

Esto plantea otros problemas, porque la tecnología de base también depende de la actitud de inmensos proveedores de servicios que son actores en el tablero del poder global.

Además de que, llegar al gran público desde una página personal, puede ser tan difícil como encontrar una aguja en un pajar.

Sin embargo, estas opciones ofrecen, al menos, una chance a la expresión libre, que el tiempo y la organización comunitaria habrán de confirmar, o no, cómo una verdadera alternativa.