CALIDAD DE VIDA Y SALUD DESDE LA PERSPECTIVA AMBIENTAL
«Los entornos peligrosos y poco saludables constituyen una violación del derecho de los niños a la salud e impiden satisfacer sus necesidades básicas de supervivencia. Debemos acabar con esto antes de que sea demasiado tarde. No existe ninguna excusa para no hacerlo: disponemos ya de instrumentos y estrategias relativamente poco costosos y de eficacia probada que permiten reducir y eliminar los peligros biológicos, químicos y físicos que están presentes en el entorno en el que viven los niños. Es urgente asegurar en todas las partes del mundo el acceso a esos instrumentos». Dra. Brundtland (2002)
Salud, alimentación, educación, trabajo, vivienda, seguridad social, vestidos, ocio y derechos humanos, son los nueve componentes que Levi y Anderson propusieron en 1980 como necesarios para lograr una vida de calidad.
Si bien el término Calidad de Vida empieza a mencionarse con relación a asuntos ambientales, en torno a tal expresión, se han incorporado con el tiempo una serie de elementos que surgen de la necesidad de construir un concepto donde se tome en cuenta la complejidad de los seres humanos, integrando para su comprensión todas las áreas de la vida, por lo tanto se han incluido no solo los elementos objetivos que intervienen en el desarrollo humano sino también los aspectos subjetivos relacionados con las percepciones individual y colectiva del bienestar.
Entre esos muchos elementos, el significado que el ambiente tiene para el logro de la calidad de vida debe continuar presente, sobre todo cuando las tendencias actuales apuntan hacia el crecimiento de las ciudades y por ende al aumento de la problemática urbana, lo que viene a continuar trastornando con fuerza las características de la naturaleza y alterando el hábitat y las condiciones de vida de las demás especies animales y vegetales que pueblan el planeta.
Resulta básico abordar los asuntos ambientales y la calidad de vida desde la perspectiva urbana, considerando que este año 2007 más de la mitad de la población global, aprox. tres mil doscientos millones de personas, viven en ciudades y que para el 2030 esa cifra se incrementará de tal forma que tres de cada cinco personas vivirán en núcleos urbanos, según cálculos de la OMS.
Pensemos en esas grandes urbes, con sus grupos de población buscando vivienda, con los empresarios y constructores edificando casas y edificios, muchos de ellos de tamaños minúsculos que poco favorecen la salud mental, la convivencia y el bienestar de sus ocupantes.
Pensemos en los gobiernos de esas ciudades, presionados por la población para edificar en zonas geográficas que deberían ser consideradas reservas ecológicas o áreas de producción de alimentos y que por añadidura no contemplan visiones arquitectónicas de convivencia armónica con la naturaleza ni surgen de una planeación urbana de largo alcance.
Pensemos en los funcionarios locales, que acceden al gobierno por cuestiones políticas y se convierten en tomadores de decisiones improvisados, quienes al margen de sus buenas intenciones, no están informados ni han sido capacitados para generar y hacer uso de los indicadores de salud, económicos, ambientales, sociales que surgen de su propia comunidad y tampoco cuentan con herramientas ni estrategias de operación que les ayuden a proteger la naturaleza y a conservar el equilibrio en busca de un desarrollo local armónico y sustentable.
Pensemos en la forma como han crecido y se han dibujado los rostros de muchas ciudades, en las que se ha priorizado la apertura de calles o avenidas y la construcción de obras ostentosas, no siempre necesarias. Ciudades que dejan de lado su origen, que olvidan su historia, que pierden su identidad y entre otras cosas, se llenan de anuncios espectaculares pregonando la urgencia de la vida actual por el consumismo y la enajenación.
Pareciera ser que priorizan la apertura de calles y caminos para que la población en vehículos automotores circule de un lado a otro en un largo peregrinar que a veces se antoja sin sentido, identificando personas que viven en el norte y trabajan en el sur, personas que invierten sus recursos y su tiempo con el principal objetivo de cubrir largos trayectos, recorriendo sus ciudades y moviéndose entre otras personas a las que ni siquiera conocen o saludan, en un espacio anónimo y tal vez hostil.
Personas que consumen muchas horas de los días de su vida ¿en qué y para qué? ¿dónde quedan los espacios urbanos amigables en los que se propicia la calidad de vida de los habitantes de las ciudades? ¿Dónde obtienen las personas el tiempo disponible para mejorar su calidad de vida?
Consideremos también que los grupos de población entre más pobres son, menos recursos tienen para proteger el entorno natural, ya que al estar dedicados a su sobrevivencia inmediata, la naturaleza y su conservación no constituyen una prioridad, por lo que se genera un círculo vicioso de deterioro ambiental, daño a la salud y deficiente calidad de vida.
Tengamos en cuenta que el informe sobre la salud en el mundo 2007 hace notar lo siguiente: “la tercera parte de los habitantes de zonas urbanas de todo el mundo, unos mil millones de personas, viven en barriadas de tugurios y asentamientos improvisados donde sobreviven en condiciones de hacinamiento y congestión, sin acceso a agua potable, saneamiento, alimentos saludables, un techo decente o un empleo satisfactorio”.
Entonces, pues, preguntémonos ¿quién debe interesarse en mejorar la calidad de vida y como la podremos propiciar? Cómo podremos tener gobiernos capaces de estructurar planes apropiados y creativos que generen mejores condiciones de vida en los espacios urbanos y también propicien calidad de vida y desarrollo en el ámbito rural?, ¿dónde están los profesionales y técnicos con nuevas propuestas de organización social, de generación de riqueza sin daño ambiental, de auto-cuidado de la salud, de recreación y uso del tiempo libre, de producción de tecnología sustentable, de modelos educativos apropiados?.
Ante tantas tareas, definitivamente se requiere buscar y encontrar soluciones.
Para tal efecto, me parece necesario un replanteamiento serio de la relación que la humanidad tiene con la naturaleza, lo que obliga a reflexionar desde los múltiples escenarios, acerca de la pertinencia ambiental de los modos, costumbres y formas de vida de la sociedad actual.
A su consideración y a manera de ejemplo, dos interrogantes:
¿Serán el agua y los actuales sistemas de drenaje la única forma de deshacernos higiénicamente de los desechos biológicos generados por los grupos humanos o de aquellos residuos tóxicos que la industria produce?
¿Será legítima la aplicación de cemento, pavimento o concreto para la edificación de los núcleos de población, cubriendo así los suelos del planeta?
Ambas son formas aceptadas y generalizadas de relacionarse con el ambiente y de utilizar los recursos naturales en las sociedades actuales por considerarse adecuadas o únicas aún cuando es evidente el daño que han causado a la naturaleza alterando el ciclo del agua y contaminando la escasa agua dulce disponible en el planeta.,
Como estos ejemplos, hay muchos más, puesto que existe una gran cantidad de actividades humanas que pueden suprimirse o modificarse para mejorar la relación entre los grupos humanos y el ambiente propiciando opciones que permitan al planeta restaurar sus propios ciclos naturales.
Para eso deben generarse y adoptarse nuevos paradigmas que surjan de visiones diferentes y de conocimientos originados desde enfoques ambientales. Esos conocimientos irán construyéndose y fortaleciéndose cuando integremos la dimensión ambiental a las visiones de la realidad que ofrecen las diversas disciplinas científicas y las diferentes profesiones.
En las universidades tenemos posibilidades de participar integrando la dimensión ambiental a cada uno de los cursos, a cada una de las unidades de aprendizaje o materias que se imparten como parte de los planes de estudio de las carreras, por supuesto que se requiere entre otras cosas, capacitar primero a los docentes para tal fin, de manera que se logre lo que en México el COMPLEXUS ha denominado la “reconversión ambiental de las Instituciones de Educación Superior”.
Tendamos puentes entre las diversas disciplinas científicas y la salud ambiental, propiciemos la transdisciplina para la elaboración de propuestas de mejora y mitigación de los daños ambientales, de manera que cuando se proyecte una obra de ingeniería, exista capacidad de considerar la pertinencia y el impacto a la salud ambiental a la vez que se calculan las toneladas de cemento y piedra que la obra requiere, que en la odontología, por ejemplo se identifiquen residuos peligrosos biológico infecciosos que son resultado de su práctica clínica y haya capacidad capacitados para manejarlos correctamente sin dañar al ambiente ni la salud colectiva y que todo tipo de profesionales puedan evaluar y redireccionar su práctica profesional con una perspectiva ambiental.
Logremos que los médicos, los arquitectos, los abogados, los economistas, los nutriólogos, etc. transiten por las aulas adquiriendo habilidades y destrezas e integrando competencias profesionales desde su perspectiva disciplinar, convencidos de la urgente necesidad mundial de utilizar su capacidad científica y técnica para lograr un desarrollo equilibrado con la naturaleza.
Muchos retos están presentes, la riqueza que tanto se le ha extraído a la naturaleza ahora debe regresársele convertida en recursos de todo tipo que surjan de financiamientos que garanticen la mejora y restauración de las condiciones del planeta, pensemos en crear y aplicar lo que pueden llamarse fondos ambientales si verdaderamente queremos lograr no solo vida de calidad, sino algo mas elemental, la sobrevivencia de los seres humanos.
Tracemos un nuevo camino para las sociedades humanas o mejor aún para una sociedad global, propiciando la equidad, el desarrollo y la convivencia satisfactoria de todos los grupos entre sí y de los grupos humanos con su entorno natural, con una visión que lleve a considerar que el presente y el futuro están en íntima relación con el ambiente y con las formas de relacionarnos con él.
Muchas Gracias
MSP. Rosa Leticia Scherman Leaño
Centro Universitario de Ciencias de la Salud
Universidad de Guadalajara, México